domingo, 6 de octubre de 2013

SE ALQUILAN CUENTOS (Cuento)

Revuelo en el tendedero

Que sería escritor se le vio desde niño. Mientras se complacía satisfaciendo  sus necesidades corporales, iba leyendo las provisiones de recuadros de periódico que su  madre colocaba religiosamente cada mañana, metidos en una puntilla doblada, a la que había decapitado previamente para que nunca faltara a sus siete hijos, sus veintitrés sobrinos y la fila incontable de visitas de vecinos, amigos, ahijados y compadres que  a diario llegaban hasta su puerta.

Primero fueron acontecimientos sin fecha, sin pasado, ni presente, en  lugares que debía imaginar; unas veces oscuros palacios, algunas otras parajes brumosos, islas encantadas, o naciones destrozadas con protagonistas incógnitos,  ya gentes del pueblo, ya  ministros tiranos,  señores de la alta sociedad, o reyezuelos decrépitos,  enviados divinos y hasta damas chinas. Poco a poco se dio a la tarea de unir los recuadros hasta que fechas  y lugares fueron  apareciendo y  héroes y villanos recobraban su identidad revelándose tal cual acontecían los hechos, aunque su padre habría de explicarle que no, que  tampoco, que las cosas no son como las pintan, que los héroes no son  héroes sino villanos, que los villanos no son villanos, sino héroes, que  las amapolas  no son flores que  adornan las jardineras de las casas de los señores, sino sus bolsillos, que entre más riquezas, más hambre, que los de abajo serán los de arriba y los  de arriba, serán los de abajo,  que la zanahoria no es zanahoria sino garrote y  que a falta de pan circo,   y se le armó una confusión porque no sabía si lo que leía eran invenciones  de los diarios o era la más cruda  realidad, y  si los disturbios que se presentaban en pueblos y ciudades eran producto de desadaptados como se leía en la prensa, de gentes sin ninguna consideración con los que si querían engrandecer el país, o  como decía su padrino Manuel, porque todavía quedaban patriotas en este mundo de mierda. Más aún se inquietaba cuando escuchaba a su padrino referirse a  la condición de aquellos que  debían  acomodar la pluma a los intereses de los amos de los rotativos, como ocurría  por aquellos meses de inundaciones que llegaron a cubrir páramos y cordilleras, y que los diarios aseguraban eran producto de los desórdenes de la naturaleza y no de la falta de previsión de los gobiernos; que sí, que las poblaciones enteras sepultadas por el agua y el lodo recibían toda la ayuda estatal pero que sus habitantes eran unos desagradecidos que no querían trabajar y cada vez pedían más y así continuaban pregonando falsedades en un país de gente miserablemente feliz. A pesar de todo siguió leyendo y con las primeras nociones literarias se incubaba su gusto por las letras.

La  madre preocupada por las tardanzas del hijo, anclado  de forma inusual en el retrete, intentó llevarlo al doctor porque  el muchacho  debía tener lombrices  y le cotorreaba todo el día,  que  salga, que se apure, que con tanta gente en la casa  y que  dos y tres esperando turno y que no sale, que  sería mejor que cada uno tuviera su propia bacinilla marcada, como las que ya vendían  algunos comerciantes a los que los  surtían  los contrabandistas, pero que ni soñar con inodoros personales porque eran tiempos difíciles, de “recesión”?,  así  como el compadre  lo pregonaba a sus clientes día tras día, y seguía repitiendo durante la noche,  que el boticario le dijo que tenía un purgante que ni bendito que fuera, pero terminó haciéndole caso a  la comadre Trinidad, y le preparó un zumo de ajos y piña  que lo obligó a tragar sin  tregua, aunque después de nueve tomas  las lombrices no aparecieron y la taza del excusado permaneció inmaculadamente blanca; entonces se dio a la tarea de espiarlo develándose ante sus ojos, tan sólo tres días más tarde, la razón inusitada de sus demoras y se lo soltó a su marido sin darle más vueltas: “Al muchacho le gusta leer mientras caga”.  

Al principio cuando era echado de menos y después de haberse buscado sin éxito en toda la casa,  el último sitio en el que llegaron a pensar fue en el inodoro. No había lugar a dudas, las mejores horas de sus primeros años siempre las pasó en los sanitarios de las casas donde vivió, por eso cuando la familia tuvo como comprar la casa que había de ser para toda la vida,  hijos, primos, tíos,  y hasta amigos y parientes lejanos, todos hasta el quinto grado de consanguinidad y sexto de afinidad se sintieron con derecho a opinar; pero fue doña Luisa Santiaga, su madre, quien dejó a propios y extraños boquiabiertos cuando lo primero que pensó fue en hacerle a su hijo  una biblioteca en el baño y no una biblioteca con baño, como hubiera querido el resto de la familia y fue ella misma en persona la que dirigió el trabajo. Ni la recámara principal que llegaría a compartir casi seis décadas con el padre de sus hijos, ni la inmensa sala donde su marido, su compadre Manuel y algunas gentes del pueblo se reunían a pensar en una patria mejor, ni siquiera la cocina donde transcurría su vida, merecieron tanto empeño como el espacio destinado para que su hijo se sumergiera en los laberintos de la imaginación. 

La madre, maniática del aseo, en un comienzo retiraba los libros del baño, y los colocaba en su sitio, “Un lugar para cada cosa, cada cosa en su lugar, repetía hasta el cansancio, y  fue por cansancio que se decidió por la biblioteca en el baño; su  muchacho le había ganado la batalla contra el aseo y capitulaba. Del ingenio de 
Doña Luisa Santiaga llegaría a hablarse años después hasta en el exterior, traspasando fronteras, claro que al decir de su marido, fronteras, fronteras, no había, porque algunos se creían con derecho a meterse en  lo ajeno sin mediar palabra, pero eso sí, con el argumento de la fuerza. Así su invención, sería considerada décadas más tarde como cuna de periodistas y poetas  y las familias amigas con pretensiones que sus hijos optaran por la escritura las incorporaron en sus viviendas. No había pues, mejor sitio para  iniciarse en el placer de la lectura, cuando no en otros placeres del cuerpo más íntimos. 
Doña Luisa Santiaga que en ocasiones gustaba de presumir, no tardó en acondicionar  una repisa para colocar en el sanitario, los rollos de papel que empezaron a vender los dueños de algunas de las tiendas del pueblo  y que traían empacados de fábricas de la capital, pero ante los reclamos de su hijo, la madre mantuvo la sana costumbre de colgar las publicaciones del domingo recortados y puestos en la puntilla decapitada de siempre y el rollo de papel sobre una repisa de madera  especialmente colocada allí  para las visitas y  cuando definitivamente la madre se desentendió de las provisiones de periódicos  y  el muchacho no tuvo el placer de reconstruir  su propia versión de lo que leía, se  le veía por toda la casa  buscando entre cajas empolvadas y armarios isabelinos lecturas que le  descorrieron velos y le afinaron la punta al lápiz.

Sus padres nunca supieron en qué momento aprendió a leer. Lo hizo tempranamente de corrido y  aprisa, poniendo los ojos en la mitad de la hoja abarcando todas las letras, más rápido que cualquiera de sus amigos. Así, pues, se pasaba las horas leyendo cuanto libro, su padre o su padrino  llevaban a  la casa.  Su progenitor, maestro por accidente, pero eso sí, por convicción después de  toda una vida  enseñando a leer y escribir a los chicos de aquella población perdida en el litoral y a los de  provincias vecinas,  le narraba historias que dejaba a medio contar con la intención de que su hijo se entusiasmara y se decidiera a conocer el  final de aquellos episodios; “Es la mejor estrategia pedagógica para que los muchachos lean”, repetía constantemente a sus colegas, y no se equivocaba.

Primero fueron los cuentos ilustrados que su padre se daba a la tarea de conseguir en sus esporádicos  viajes a la capital, para llevarle a sus alumnos  y que uno a uno fueron desapareciendo de los anaqueles  donde su madre los organizaba siguiendo la fecha estricta de adquisición;  entonces se sintió Gulliver y surcó la inmensidad de los mares  sin naufragar, odió a Alí Babá, viajó al fondo del mar en el Nautilus a la orden del capitán Nemo, le dio vuelta al mundo  en una tarde agosto, lo desanimó la certeza de los designios de los oráculos, y experimentó el júbilo de sentirse descendiente de Eneas, y fundador de Roma; luego fueron las pocas novelas de la literatura clásica que encontraba en la pequeña biblioteca municipal y que debía leer de tarde en tarde con la complicidad de la bibliotecaria que resultó ser prima de su madre. Más adelante se las habría de ingeniar para intercambiar libros con los amigos de su padre,  maestros por accidente como él y como su progenitor, amantes de la lectura. Fueron los tiempos en que llegaron a sus manos obras cumbres de la literatura universal. Eran épocas de  delirio, noches enteras creyéndose  el Quijote,  soñando despierto con la Julieta de Shakespare, añorando los amores de Ana Karenina, alucinando con  el romanticismo de Goethe, llorando con las tristezas de Papá Goriot,  sintiéndose morir leyendo a Ruben Dario, o librando batallas al lado de los tres mosqueteros. Igual se sintió defraudado cuando  su padrino  en  su  cumpleaños número catorce no le  regaló como era su costumbre un libro, sino un ajedrez, y siendo ya bachiller, no le causaron mayor curiosidad algunos volúmenes de publicaciones prohibidas para menores de edad, que sus amigos se disputaban para  llevarse por turnos a sus casas temblando de miedo al saberse sorprendido por sus mayores.  

Cuando los vientos de agosto  se  antojaban propicios para que el cielo se cubriera de  colores que danzaban frenéticamente antes de terminar en cualquier tejado, se anunciaba también la llegada puntual de algunos vendedores de libros que levantaban sus toldos en el centro de la plaza  y allí, entre el escaso público adulto, husmeaba con un sexto sentido, obras pérdidas de un pasado lejano y no terminaba de entender como  alguien  podía deshacerse de aquellos tesoros, pero terminaba agradecido con los anónimos personajes que le  permitieron el placer de sumergirse en el París del siglo XV y ser  protagonista junto al jorobado de un amor azaroso que terminaría con la ejecución de su amada Esmeralda en la imponente catedral de Nuestra Señora de París, o  rescatar de la polilla los más de setenta manuscritos originales del Cantar del Mio Cid, perdidos entre recetas de cocina, leer  a voz en cuello  el Cantar de los  Nibelungos y sortear con éxito los trágicos destinos de  héroes y desvalidos.  La feria  le producía un éxtasis inusual,  su apetito disminuía y apenas si dormía. Durante los días que demoraban los vendedores en el pueblo establecía su cuartel general, su habitación y su escuela entre las cajas de libros desperdigadas por la plaza.  Cuando al final las toldas se levantaban y los vendedores  emprendían  otros caminos, alucinaba semanas imaginado las cometas danzando con los vientos del próximo agosto que los traería de vuelta con autorías insospechadas.

Convertido en periodista, y de visita  a su tierra natal, mientras su padrino iba quitando y  desbastando su negra cabellera,  cada uno  opinaba sobre la situación del país. A ambos les dolía las muertes sin sentido, los ríos de sangre vertida sobre  los campos, y del dolor por los muertos pasaban al dolor por la indolencia de unos y otros y de la indolencia de los demás se recriminaban por la suya propia y más pronto de lo que los dos creían, el viejo peluquero le estaba preguntando por las últimas novedades literarias, por los escritores  de moda, que qué opinaba de Hemingway, que Cela era un deslenguado,  que Borges siempre estaría vigente, que la metamorfosis de Kafka valía la pena, hasta que sin apenas darse cuenta don Manuel  había  terminado.

La madre que soñaba con tener en la gran sala un diploma de abogado se contrariaba, ya que estaba segura que sin proponérselo, había tenido que ver con la decisión final que su hijo desistiera de los códigos y se hubiera inclinado por las letras cuando consintió en conservar la biblioteca en el baño a pesar del paso del tiempo; como también era culpable su marido por regalarle cuanto libro le caía en sus manos,  y era culpable don Manuel, su padrino por calentarle los ánimos con especulaciones trasnochadas. Pensaba  si había sido buena idea hacerlo su compadre y el peluquero de la familia.

Con los vientos de otro agosto, muchos años después, con la feria de vuelta, don Manuel  se apresuró por el parque de ceibas gigantescas. No reflejaba cansancio alguno aunque cargaba una pesada caja de libros que cambiaría como siempre, por algunas publicaciones traídas por los vendedores de la capital. Había terminado otra larga espera y ya estaban allí  aquellos libreros nómadas armando sus carpas nuevamente como cada año; no sospechaba que esta vez le traerían además, novedades literarias de su ahijado.

Los niños de  la escuela vecina, levantada justo frente  a la antigua barbería, lo vieron llegar y corrieron. Desde que don Manuel, había decidido jubilarse de su oficio de peluquero y dedicarse  al alquiler de libros siempre era lo mismo. Los pocos alumnos que tenían pagaban unas monedas a cambio del préstamo de sus cuentos preferidos, mientras los demás leían  por encima de los hombros de sus compañeros o se empinaban para alcanzar  el tendedero que  el curtido peluquero antes del amanecer ya había dispuesto con libros a lado y  lado de la pared. El espectáculo por lo demás era risible a los ojos de los transeúntes. Los fuertes vientos lo habían obligado a colocarle a cuentos y novelas,  ganchos de ropa a manera de pinzas, para no tener que correr  a través de la plaza detrás de las hojas que el viento desprendía de tanto  libro descuadernado.

Convertido en librero don Manuel, y ante las súplicas de los chiquillos  que no contaban con  monedas, terminaba por ignorar  las tarifas por él establecidas para el alquiler de cuentos; al fin y al cabo sólo le importaba la compañía de los muchachos además de escuchar la algarabía con que de tarde en tarde irrumpían en la que fuera su peluquería, para escuchar historias sin final.

Un grupo de estudiantes rodeaba a la maestra, pero al ver  llegar a don Manuel con otra pesada carga de libros, habían corrido hacia él. Mientras uno de los muchachos alcanzaba una a una las obras del último agosto, otro colaboraba,  apoyándose en un banquito de madera para colocar los ganchos de ropa, que el anciano guardaba en un tarro de galletas de navidad.  La acera  estaba más concurrida de lo normal. Entre los libros recién dispuestos en el tendedero, los chicos  habían reconocido uno cuyo autor era para ellos muy familiar a fuerza de escucharlo de labios del viejo librero. La maestra no daba crédito,  tampoco el veterano peluquero.

Cuando los alumnos se retiraron con las brisas del atardecer y cesó la algarabía temprana, don Manuel sacó su taburete de cuero de res curtido, lo recostó en la  pared descascarada, abrió aquel volumen  que dejara perpleja a la maestra y a él impaciente y mojó, como era su  costumbre, la punta de sus dedos: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…. ”